Sabía
que el mundo iba más allá de las cordilleras y los cafetales, sabía que el
mundo era tan grande como las alas de los cóndores. Necesitaba vivirlo,
necesitaba corroborar que en efecto la gente es mucha y diferente, que las
fronteras se rompen con una sonrisa y un plato diferente de comida. Y en donde
quiera que vaya la mente, los pies deben seguir. No hay nada más cierto que
cada persona es un mundo, y que por convivir con muchos mundos, todos somos
ciudadanos del mundo; se aprende a no ser colombiano, mexicano, español o
coreano, se aprende a ser ciudadano orgulloso de su historia y solidario con el
presente que toca a cada realidad particular.
Hablar
de un intercambio académico, es hablar de muchas oportunidades, oportunidades
que deben aprovechar personas de mente abierta, dispuestos a intercambiar
posturas frente al mundo, inquietudes y expectativas. Las personas de
intercambio por lo general están ávidos de vida, de la vida simple y divertida,
de esa que se disfruta conociendo lugares, comida y gente; una persona que
quiere ser intercambista está dispuesta a aprender algo que solidifica su nueva
visión frente al mundo. Es más que diversión y ocio, es adquisición de una
nueva cultura, esa que está relacionada con muchas más.
En
este orden de ideas podemos plantear que existen muchas formas de aprendizaje;
aprendemos de la academia, de la familia, de los amigos y del mundo que
continuamente nos rodea; la cotidianidad nos ofrece una base sólida la cual
apropiamos y vivimos cada día, nos asumimos a ella con las herramientas
adquiridas durante la vida. Se necesita saber quiénes somos para poder asumir
otras dinámicas, afrontar con madures las diferencias de pensamiento, los
estereotipos y recibir con orgullo los cumplidos.
Más
allá del conocer, está el conocerse, afrontar nuevas dificultades o tal vez
dificultades que otros han asumido por uno, esta una de las razones por las
cuales es bueno asumir un intercambio; madurez. Mostrarle a los demás con
orgullo de dónde vienes, y con simpatía compartir la perspectiva propia del
mundo enriquece las charlas, acrecienta el amor por las raíces y el interés por
saber qué hay más allá de nuestra dimensión de mundo y de vida.
El
aprendizaje nunca para, es tan contante como las corrientes de aire en los
páramos, tan interesante como el carnaval de negros y blancos en San Juan de
Pasto; el mundo no se detiene y las personas tampoco debemos hacerlo, la
experiencia es efímera, el momento se va, pero queda la satisfacción de decir
“yo soy de allá” pero “me vine para acá” porque quiero aprender de la música,
la comida, la gente y de la cotidianidad, que son diferentes a las mías, y es
por eso que me hago más tolerante, y pongo el mundo más visible, aprendiendo de
todos un poco.
Daniel Alfonso Osorio Blandón